¿Quién tiene la luz?

10 octubre 2008

El ascenso al cielo, desde el infierno de la tierra.
Así se ve. El rojo del averno, las llamas, contra lo celestial blanquecino y azul pastel.
No soy muy devota, a pesar de mi estancia en el pueblo por las fiestas de la patrona.
Eso no quita que me guste visitar las iglesias, aunque odie la Iglesia. Por su decadencia al jugar de mala manera con tanta fe derramada por el mundo.
El cuadro me llamó siempre la atención.
Constantemente estamos entre el bien y el mal, a pesar de que no haya Bien y Mal.
Si se intentó hacer algún tipo de lista universal sobre lo que está bien y está mal, hubo mucha sangre derramada.
Te pego una hostia porque has hecho mal esto. Te doy un beso por pegar a ese cabrón que me intentó robar el bolso.
A lo mejor nadie debería tener la mano tan suelta cuando el otro hace mal, puede que le hayamos enseñado mal algo en concreto. Luego, todo el mundo usa la violencia de manera justificada y tan contentos y tranquilos.
A lo mejor el ladrón es un desamparado que no encuentra nada de comer para no morir de inanición, y no quiere robar para drogarse debajo del puente, cerca de su antigua casa.
Como si el hecho de dar un guantazo cambiara el daño hecho.
Tanto bien y mal, yin y yan.
Tanta moral presente que se olvida minuto a minuto.
No se puede perder el tiempo siempre en cuestionar a la humanidad, cuando todos tenemos una parte de miserable dentro.
La diferencia entre el bueno y el malo es que el bueno la esconde, y el malo se expresa con ella.
¿Dónde está lo que nos separa?

Horas

02 octubre 2008

Hasta los muertos se equivocan. Siguen enclaustrados en un mundo irreal donde no tiene sentido estar. Donde cuando son las dos y trece minutos, curiosamente en su reloj biológico, son las tres de la mañana. ¿Hora extraterrenal?
No fue lo último que leí anoche, si no lo que no me dejaba seguir leyendo.
Cuántos paraguas hacen falta para que no te empañe la vista una única gota de agua.
Las vueltas al jazmín que dicen mucho a las diez y cuarenta minutos de la noche, acabando con el olor de cama recién deshecha a las cuatro y seis minutos, al lado del solsticio y del cuento inventado.
Danzando y moviéndose al son de lo que es parecido. Con palabras de menos y hechos de más. Conjeturas del echo de menos a las doce y cuarto, después de apagar la luz y de seguir encendidos.
¿Acaso nadie necesita ser escuchado mientras le estremecen acariciando la nuca?


Óleo de mujer con sombrero - Silvio Rodriguez

¿Quién tiene la luz?

El ascenso al cielo, desde el infierno de la tierra.
Así se ve. El rojo del averno, las llamas, contra lo celestial blanquecino y azul pastel.
No soy muy devota, a pesar de mi estancia en el pueblo por las fiestas de la patrona.
Eso no quita que me guste visitar las iglesias, aunque odie la Iglesia. Por su decadencia al jugar de mala manera con tanta fe derramada por el mundo.
El cuadro me llamó siempre la atención.
Constantemente estamos entre el bien y el mal, a pesar de que no haya Bien y Mal.
Si se intentó hacer algún tipo de lista universal sobre lo que está bien y está mal, hubo mucha sangre derramada.
Te pego una hostia porque has hecho mal esto. Te doy un beso por pegar a ese cabrón que me intentó robar el bolso.
A lo mejor nadie debería tener la mano tan suelta cuando el otro hace mal, puede que le hayamos enseñado mal algo en concreto. Luego, todo el mundo usa la violencia de manera justificada y tan contentos y tranquilos.
A lo mejor el ladrón es un desamparado que no encuentra nada de comer para no morir de inanición, y no quiere robar para drogarse debajo del puente, cerca de su antigua casa.
Como si el hecho de dar un guantazo cambiara el daño hecho.
Tanto bien y mal, yin y yan.
Tanta moral presente que se olvida minuto a minuto.
No se puede perder el tiempo siempre en cuestionar a la humanidad, cuando todos tenemos una parte de miserable dentro.
La diferencia entre el bueno y el malo es que el bueno la esconde, y el malo se expresa con ella.
¿Dónde está lo que nos separa?

Horas

Hasta los muertos se equivocan. Siguen enclaustrados en un mundo irreal donde no tiene sentido estar. Donde cuando son las dos y trece minutos, curiosamente en su reloj biológico, son las tres de la mañana. ¿Hora extraterrenal?
No fue lo último que leí anoche, si no lo que no me dejaba seguir leyendo.
Cuántos paraguas hacen falta para que no te empañe la vista una única gota de agua.
Las vueltas al jazmín que dicen mucho a las diez y cuarenta minutos de la noche, acabando con el olor de cama recién deshecha a las cuatro y seis minutos, al lado del solsticio y del cuento inventado.
Danzando y moviéndose al son de lo que es parecido. Con palabras de menos y hechos de más. Conjeturas del echo de menos a las doce y cuarto, después de apagar la luz y de seguir encendidos.
¿Acaso nadie necesita ser escuchado mientras le estremecen acariciando la nuca?


Óleo de mujer con sombrero - Silvio Rodriguez

Luciérnagas