Sueño de una noche de primavera

22 abril 2013

Brillante, vestido blanco y largo, sin tacones. Con el pelo a medio recoger y ondulado. Guapa. Así iba la novia. Sencilla, ligera. Atenta a todos y siendo el centro del universo. Le podían los nervios. Las manos temblaban y miraba el banquete. Y luego a sus padres. Miraba a la izquierda. Después a su mejor amiga. A la derecha. Y a E y L, sus amores eternos. Veía a todos y a nadie. Tenía una sensación de carencia absoluta. Se dio cuenta de que se casaba sola.
De repente buscó un sitio donde estar como se sentía. Un señor amable y atento le dijo sorprendido al verla así vestida que ese excusado no era el adecuado para ella. Con una sonrisa le acompañó a una puerta que daba al exterior. La tercera puerta cruzando esta pequeña parcela. Ella estaba extrañada pero no tenía nada más que perder. Sólo pretendía encontrar respuestas. 
La puerta daba a una casa antigua de campo. Con varias puertas y pasillos. Se podía resumir todo en desgaste y oscuridad. Comenzó a saciar la curiosidad y encontró el baño cerrando la puerta nada más verlo. Siguió andando y llegó a la sala de estar donde encontró unos libros viejos que sobrevivían en una estantería polvorienta, con sus sillones vacíos y la mesa de madera rota por el trato más que por el tiempo. De repente se asustó al verla y empezó a huir, de nuevo. Por uno de los pasillos vio al final una habitación sin puerta y totalmente oscura. Algo le empujaba a ir hacia allá y no podía evitarlo. Su corazón bombeaba demasiado rápido y tenía esa sensación de querer y no poder llorar. Todo era lúgubre y no podía volver hacia atrás. Vio al fondo una silueta moverse levitando hacia ella mientras sólo intentaba buscar otro lugar para resguardarse. Se giró una y otra vez hasta que apareció al lado de un jardín, en la puerta, un señor mayor con barba y bastón. Le sonreía y le invitaba a conocerlo con una mirada tierna. De pronto el fondo negro desapareció y con él su sensación de angustia.
Se acercó confusa y algo esperanzada. Quieres salir de aquí ¿verdad? Te están esperando. Asintió mientras miraba los árboles y las flores delante de ella. Sólo debes cruzar el jardín y cuando estés a la mitad, sólo allí, podrás encontrar la salida. Gira a la derecha y la verás. No vayas más allá. Miró al viejo y sintió un alivio que le hizo sonreír al instante. Una paz le empezó a recorrer el cuerpo, desde sus pies hasta el último pelo de la cabeza. 
Cruzó la puerta desvistiéndose del blanco y volviendo a la comodidad. Al pelo suelto y rizado. Escucho a los pájaros hablar y al viento cantando. Delante: carretera y montaña. A la izquierda: rejas. A la derecha: jardín frondoso. Voy hacia la mitad de camino. Miro hacia la derecha y veo algo parecido a una estación de tren. La sensación de tristeza e impotencia me visitan. Debo ir. Debo ir hacia allí. Doy media vuelta hacia la casa y todo está totalmente a oscuras. Ya no hay vida. no hay nada. Voy ligera hacia la estación llena de gente. Busco. Hay niños, familias, reencuentros de miradas húmedas. Le busco. Hay ruido. Voces. Conversaciones cruzadas. Risas y llantos. Reconozco su cabello. Ya le he encontrado. Nos miramos. Un instante. Dos instantes. No hace falta nada más. 
Salgo de la estación y voy hacia la derecha de la misma manera en la que llegué: sola. Mientras recuerdo la última frase del sabio y miro hacia el horizonte. El viento empieza a cantar de nuevo.

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Sueño de una noche de primavera

Brillante, vestido blanco y largo, sin tacones. Con el pelo a medio recoger y ondulado. Guapa. Así iba la novia. Sencilla, ligera. Atenta a todos y siendo el centro del universo. Le podían los nervios. Las manos temblaban y miraba el banquete. Y luego a sus padres. Miraba a la izquierda. Después a su mejor amiga. A la derecha. Y a E y L, sus amores eternos. Veía a todos y a nadie. Tenía una sensación de carencia absoluta. Se dio cuenta de que se casaba sola.
De repente buscó un sitio donde estar como se sentía. Un señor amable y atento le dijo sorprendido al verla así vestida que ese excusado no era el adecuado para ella. Con una sonrisa le acompañó a una puerta que daba al exterior. La tercera puerta cruzando esta pequeña parcela. Ella estaba extrañada pero no tenía nada más que perder. Sólo pretendía encontrar respuestas. 
La puerta daba a una casa antigua de campo. Con varias puertas y pasillos. Se podía resumir todo en desgaste y oscuridad. Comenzó a saciar la curiosidad y encontró el baño cerrando la puerta nada más verlo. Siguió andando y llegó a la sala de estar donde encontró unos libros viejos que sobrevivían en una estantería polvorienta, con sus sillones vacíos y la mesa de madera rota por el trato más que por el tiempo. De repente se asustó al verla y empezó a huir, de nuevo. Por uno de los pasillos vio al final una habitación sin puerta y totalmente oscura. Algo le empujaba a ir hacia allá y no podía evitarlo. Su corazón bombeaba demasiado rápido y tenía esa sensación de querer y no poder llorar. Todo era lúgubre y no podía volver hacia atrás. Vio al fondo una silueta moverse levitando hacia ella mientras sólo intentaba buscar otro lugar para resguardarse. Se giró una y otra vez hasta que apareció al lado de un jardín, en la puerta, un señor mayor con barba y bastón. Le sonreía y le invitaba a conocerlo con una mirada tierna. De pronto el fondo negro desapareció y con él su sensación de angustia.
Se acercó confusa y algo esperanzada. Quieres salir de aquí ¿verdad? Te están esperando. Asintió mientras miraba los árboles y las flores delante de ella. Sólo debes cruzar el jardín y cuando estés a la mitad, sólo allí, podrás encontrar la salida. Gira a la derecha y la verás. No vayas más allá. Miró al viejo y sintió un alivio que le hizo sonreír al instante. Una paz le empezó a recorrer el cuerpo, desde sus pies hasta el último pelo de la cabeza. 
Cruzó la puerta desvistiéndose del blanco y volviendo a la comodidad. Al pelo suelto y rizado. Escucho a los pájaros hablar y al viento cantando. Delante: carretera y montaña. A la izquierda: rejas. A la derecha: jardín frondoso. Voy hacia la mitad de camino. Miro hacia la derecha y veo algo parecido a una estación de tren. La sensación de tristeza e impotencia me visitan. Debo ir. Debo ir hacia allí. Doy media vuelta hacia la casa y todo está totalmente a oscuras. Ya no hay vida. no hay nada. Voy ligera hacia la estación llena de gente. Busco. Hay niños, familias, reencuentros de miradas húmedas. Le busco. Hay ruido. Voces. Conversaciones cruzadas. Risas y llantos. Reconozco su cabello. Ya le he encontrado. Nos miramos. Un instante. Dos instantes. No hace falta nada más. 
Salgo de la estación y voy hacia la derecha de la misma manera en la que llegué: sola. Mientras recuerdo la última frase del sabio y miro hacia el horizonte. El viento empieza a cantar de nuevo.

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Luciérnagas