
Lo único que me importaba era aterrizar en un terreno tan inmenso, donde no diferenciaba los límites de lo que estaba bien y mal.
No podía saber qué era aquéllo que posaba entre dubitativo y sorprendido ahí abajo.
El encuentro era inevitable, pero el viaje nunca acababa.
Tantos minutos en el aire me hacían pensar que no habría nada mejor que pisar tierra firme.
Incluso a esa silueta que me esperaba le tomé algo de cariño sin saber quién era.
Ya no era un qué era.
Era un quién era.
El suelo era duro, había muchas parcelas ocupadas por entes de ojos rotos y mentes cansadas. Había muchos charcos en algunas, y mucha hierba seca en otras. Otras estaban repletas de llantos prematuros y por risas como punto final. Otras por carcajadas nerviosas como camuflaje, al lado de manos con el puño en alza.
Al menos, eso me contaron.
Eso me contó.
Pero ya, nada me importaba.
Ahora, estaba en tierra.